
Esto es algo que muy poca gente sabe de mi vida, pero sé que te vas a sentir súper identificada si sos de las que viven a mil, corriendo entre mil pendientes y sintiendo esa culpa invisible cada vez que intentás parar 5 minutos...
Te lo digo sin vueltas: yo estuve en el extremo absoluto de esa autoexigencia que seguro hoy estás sintiendo vos. Hubo una época de mi vida en la que mi rutina era una locura total (jaja de solo acordarme me da escalofríos). Estudiaba el profesorado, estudiaba portugués, me formaba en marketing digital y, por las dudas era presidenta del centro de estudiantes. Salía los fines de semana, trabajaba de lo que viniera —desde diseñar logos, cocinar en una rotisería, hasta darle clases particulares a mis propios compañeros— porque me tenía que pagar la comida, la ropa y los estudios. A pesar de convivir con mi neurodivergencia, era de las mejores estudiantes, te juro. Sostuve ese ritmo extremo durante años, desde muy joven, porque era la única forma que conocía de salir adelante.
Pero el cuerpo te pasa factura. Habló cuando yo me negué rotundamente a escucharlo. Me enfermé tanto y mi vida se desmoronó de tantas formas y tantas veces que un día dije: “Bueno listo, ya no voy a trabajar más ni a estudiar” (jaja re drástica). Y seguro leés esto y pensás: “Ay, sí, qué fácil cuando te mantienen”. Pero no, no me mantenía nadie. Creí muchas veces que iba a terminar viviendo abajo de un puente y que esa noche no iba a comer. Es fuertísimo escribirlo y leerlo así de crudo, pero te comparto esta parte de mi historia porque sé lo que es tirarse al vacío, el miedo paralizante que da y lo durísimo que se siente.
Te muestro mis heridas así, al desnudo, para conectar vos desde la verdad más pura. Te lo cuento casi como una confidencia entre nosotras, para que veas que esto es duro, sí, pero es parte del proceso de aprender a vivir mejor. Tal vez te parezca exagerado o demasiado dramático, pero sé que probablemente seas una mujer (que son la mayoría de las que me leen por acá) que no sabe cómo parar. Que no sabe lo que es quedarse 5 minutos mirando al techo sin sentir culpa o pensar en la lista interminable de cosas por hacer.
Seguro vivís diciéndote: “Ya voy a descansar, solo paso esta entrega / esta semana / estas fiestas y freno”. Spoiler: NUNCA descansás jaja. Porque cuando la mente está tan acostumbrada a sobreproducir, obligarte a "no hacer nada" tirada en el sillón solo te genera más ansiedad y pensamientos en bucle. En ese estado de saturación, pretender descansar a la fuerza simplemente no funciona. Por eso, al principio, meterse en actividades de co-regulación es la mejor idea. Necesitás un espacio amoroso y guiado que le enseñe a tu cuerpo cómo ir bajando la guardia de a poco y de forma segura.
No esperes a tocar fondo o a enfermarte para elegirte. Si hoy tenés un ingreso, una casa, tu familia o una red de contención... aprovechá y regalate ese descanso. Te lo merecés.
Un espacio para aprender a bajar la guardia 🌿
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